Aprendí a dar mis primeros acordes en la guitarra cuando tenía 7 años. La primera canción que mi madre me enseñó fue una de algún disco de Cafrune; en casa de mis abuelos habían vinilos de la canción folclórica y rioplatense y dentro del cancionero de las mañanas de domingo, Gurí Pescador, era de las preferidas.
Mi Madre me enseñó a ejecutar el La mayor y el Mi mayor, en una Guitarra Marca Pierini, que ella le había donado a mi padre, luego de que él hubiera perdido en un descuido artístico su propia guitarra.
Recuerdo la repetición constante La Mi, La Mi y el tarariraaaa de tardes enteras tratando de lograr cada vez con mayor prolijidad los pasajes entre tonos.
A partir de ese momento mi mundo cambió. Supe inmediatamente que tenía una herramienta en mis manos para crear, y la música me fue llevando- fue a la edad de 11 que puse música a un texto que mis compañeros de 6to año me hicieron llegar, sabiendo que yo cantaba y tocaba la guitarra muy precariamente…
Mi Clase de 6to año, era especial. Todos nos conocíamos desde los primeros años escolares, si bien todos íbamos cambiando de clase, a menudo coincidía el mismo “grupito” que más tarde sería inseparable-
En el año 1995, perdimos a un compañero que estaba muy enfermo de Cáncer, fue duro, y lo vivimos muy complicado, tambien fue uno de mis primeros contactos con la muerte. Luego de eso las autoridades de nuestra escuela decidieron que el grupo completo debía pasar sin modificaciones a 6to, por ende toda la clase siguió siendo la misma, solamente cambió la Maestra.
Tocabamos la Guitarra y Cantabamos en las reuniones extracurriculares, quermeses y cumpleaños. Compartíamos muchos encuentros que organizaban nuestros padres, era como una aldea, donde todo era muy familiar.
En una ocasión me llegó anónimamente un texto, que contaba la historia de una gurisa que había perdido a su mejor amiga en un accidente. Nunca había leído nada igual, era brutal, como estaba contado y redactado, me movió el estandarte por completo y agarré la guitarra y lo musicalicé. En la siguiente reunión que tuvimos la canté y causó mucha emoción, ya que dos de mis compañeras lloraban a mares y más tarde entendí que no era un texto anónimo, sino que una de ellas lo había escrito y me lo había colocado en el bolsillo de mi mochila…
Transité siempre la música desde un lado muy acompasado con mi rutina, porque no era una actividad que yo hiciera por obligación, como las clases de inglés, o las clases de gimnasia; era algo que me acompañaba, era como mi hermana gemela, no me molestaba, me gustaba. Si no habían ganas: no tocaba, o no cantaba, nos peleábamos- pero estaba ahí, era parte de mi.
El teclado también ocupó algunas escenas de mi vida, ya que mi madre me envió a clases; primero de órgano y después de Piano; pero no le hallaba, no lo reconocía como lo hacía con mi guitarra. A mi Guitarra yo le cantaba y ella me aconsejaba como seguir, el piano era rebelde y era difícil de transportar…
Cuando terminé la escuela el regalo menos esperado fue una guitarra; digo que fue inesperado, porque realmente pensaba que me iban a regalar la guitarra de mi madre, que era usada, y yo siempre la pedía prestada, ¡pero no!
Recuerdo ese día de sol, cuando mi padre cruzó el umbral de mi hogar, con un estuche negro de lona y me lo entregó. Inolvidable abrir ese espejo que me reflejaba a mi. Era esa cara sonriente y regordeta de la felicidad infinita! Todavía me emociono.
La Guitarra fue sin dudas el portal hacia lo que haría más tarde con la composición y con la voz.
Leí una vez en algún lado, que todos los niños tendrían que tener la oportunidad de elegir Su Propio instrumento para que así los acompañe el resto de su vida. Estoy segura que todos tenemos un amor instrumento, que se transforma en una parte más de los extremos del alma y del cuerpo.